“El acontecimiento de Cristo es un hecho único, y el significado de ese acontecimiento para nuestras vidas es único también”

D. Javier2Palabras de la homilía de Mons. Javier Martínez, Arzobispo de Granada, pronunciada el 21 de julio, XVI Domingo del Tiempo Ordinario, en la Eucaristía celebrada en la S.I. Catedral de Granada.

Queridísima Iglesia del Señor, esposa de Nuestro Señor Jesucristo, muy queridos sacerdotes concelebrantes, queridos hermanos y amigos todos:

Es posible que al leer un evangelio como el de hoy nos pueda dar una cierta envidia, decir que suerte tuvieron Lázaro, Marta y María de recibir al Señor en su casa, y sin embargo, esa envidia estaría absolutamente injustificada, porque si lo pensamos ellos recibieron a Jesús visiblemente, nosotros lo recibimos de una forma misteriosa, pero ellos no lo tuvieron más que en su casa, y a nosotros desde el Bautismo, por la Confirmación y en cada Eucaristía, el Señor se nos da de tal manera que se hace una cosa con nosotros, que nos hace una cosa con él, que hace de nosotros miembros de su propio cuerpo, es decir, se une con una unidad que no tiene parangón en este mundo, no la tiene la unión de los esposos, no la tiene la imagen más próxima, no la tiene la unión que puede tener una madre con el cuerpo de su hijo en su seno… no hay ninguna unión en este mundo que pase de ser algo más que una pálida imagen del tipo de unidad que el Señor establece con nosotros cuando viene a nosotros. Cuando nos da su espíritu, su propio principio vital para ser nuestra consistencia, la consistencia de nuestra vida, de nuestro ser.

San Pablo, me habéis oído citar este pasaje muchas veces, dice en algún momento: “No soy yo, es Cristo quien vive en mí”. Y no lo dice por ser apóstol, sino por ser cristiano. Cristiano es alguien a quien Cristo se ha dado, le ha comunicado su espíritu, se ha unido de forma que Cristo forma parte de nosotros y nosotros formamos parte de Cristo. Es muy importante, por ejemplo, a la hora de vivir las fatigas de la vida, los dolores, los sufrimientos, pero también a la hora de vivir las alegrías, poder percibirlas justamente como anticipo de una vida de la que el Señor nos da ya la posibilidad de pregustar en el camino de nuestra vida. De pregustar en el sentido de que eso somos, el objeto de un amor infinito. Recibimos en nuestras vidas la hospitalidad del Señor de un modo que los padres de la Iglesia lo decían: a veces tenemos envidia de los que estaban cerca y sin embargo, somos más privilegiados los que estamos lejos. De los que estaban cerca, muchos no conocieron al Señor. Es verdad que el Señor no tuvo ningún temor de tener preferencias, y sus amigos eran Lázaro, Marta y María, y Él cuando iba a Betania se hospedaba en su casa, pero es verdad que fueron muy pocos.

Sólo en la JMJ que está la Iglesia a punto de celebrar en Río de Janeiro, van a participar, y hoy en el mundo son millones y millones de personas los que este domingo, por ejemplo, reciben al Señor. Por tanto, el hecho, el privilegio de poder tener al Señor en nosotros, fijaros que en eso consiste una originalidad única del cristianismo. Es muy fácil hablar de todas las religiones y todo eso tiene su retórica y es una retórica natural en la modernidad, pero el hecho cristiano es un hecho único. El acontecimiento de Cristo es un hecho único, y el significado de ese acontecimiento para nuestras vidas es único también, es decir, la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte que genera una fecundidad, hace florecer en la historia un tipo de humanidad sin parangón de ninguna clase.

Y me podréis decir: la historia está llena de los pecados de los cristianos, y de los pecados de la Iglesia… por supuesto. Pero también está llena de una santidad que sin Cristo no tendría explicación ninguna, de una belleza, de un atractivo, de unos frutos de humanidad extraordinariamente atractivos, que son fruto del don de Cristo, que son fruto del don del espíritu de Cristo, de la posibilidad que nos ha dado el Señor de acogerle a Él no sólo en nuestra casa, sino en nuestra vida. (…)

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada
21 de julio de 2013, S. I Catedral

Escuchar la homilía completa

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